Seminario sobre la formación doctoral discute sobre la importancia de situar la formación doctoral al servicio de un proyecto de desarrollo país

La necesidad de situar la formación doctoral al servicio de un proyecto de desarrollo país fue el eje central del Simposio Internacional “La formación de investigadores en tiempos convulsos”, organizado por el Doctorado en Educación, el proyecto InES de Género Aequalitas y el proyecto ANID/Fondecyt N.º 11241304.

El encuentro convocó a destacadas y destacados especialistas nacionales e internacionales en educación superior, política científica y ciencias sociales, entre quienes se contaron Maresi Nerad (Universidad de Washington), Roxana Chiappa (Universidad de Tarapacá / COES), Carla Fardella (Universidad Andrés Bello), Pablo González, presidente del Consejo Asesor de la Estrategia de Educación Superior, e Isidora Íñigo del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Durante su presentación, Maresi Nerad advirtió que la formación doctoral no puede improvisarse ni acelerarse por decreto, subrayando que los doctorados requieren infraestructura sólida, financiamiento estable y políticas coherentes de largo plazo. “Intentar expandir programas doctorales sin estas condiciones es como cultivar hongos que no crecen tan rápido: sin bases estructurales no hay innovación real ni desarrollo sostenible”, afirmó.

Nerad situó además el debate en un cambio histórico profundo: si en el pasado el crecimiento económico se sustentaba principalmente en los recursos naturales, hoy depende crecientemente del conocimiento, la investigación y la tecnología. En este escenario, sostuvo, “los doctorados cumplen un rol estratégico al formar capital humano avanzado capaz de generar soluciones, agregar valor y transferir conocimiento a la sociedad”.

El simposio abordó las tensiones estructurales, culturales e institucionales que atraviesan actualmente la formación doctoral en Chile y la región, alertando sobre el riesgo de que el país quede rezagado en la economía del conocimiento sin una política decidida de fortalecimiento de la ciencia y la formación de investigadores.

Desde una perspectiva crítica, Carla Fardella enfatizó la responsabilidad social de la ciencia, señalando que cuando el conocimiento permanece encerrado en circuitos académicos altamente especializados, la universidad corre el riesgo de perder legitimidad social. “Una academia que no dialoga con la sociedad se percibe como una élite distante, debilitando su rol público”, advirtió.

Por su parte, Pablo González subrayó la importancia de relevar el valor público de la formación doctoral dentro de un horizonte país. Alertó que un énfasis excesivo en la productividad científica medida únicamente por publicaciones puede conducir a formar investigadores desconectados de los problemas sociales, económicos y culturales, vaciando de sentido el proyecto doctoral.

En la misma línea, Isidora Íñigo destacó la necesidad de contar con mejor información sobre las trayectorias doctorales, reconociendo que no todas las personas que cursan un doctorado aspiran a una carrera académica tradicional. “Las trayectorias no son lineales y el mérito no puede reducirse solo al número de publicaciones”, señaló.

La académica Roxana Chiappa, una de las impulsoras del encuentro, puso énfasis en las desigualdades de género y clase que atraviesan tanto la formación doctoral como la inserción laboral posterior. “Aunque existe consenso en que investigar no es solo publicar artículos, los criterios de éxito académico siguen definidos por ese parámetro, reproduciendo desigualdades de género, especialmente en un contexto donde las mujeres asumen mayor carga docente y de cuidados”, explicó.

Diversos estudios internacionales respaldan estas afirmaciones, evidenciando brechas de género, precarización laboral y tensiones identitarias, particularmente entre grupos históricamente subrepresentados en la academia.

La principal conclusión del simposio fue clara: invertir en formación doctoral es una decisión política de alto impacto. Solo articulando excelencia académica, inclusión y políticas basadas en evidencia, los doctorados pueden consolidarse como un motor efectivo de desarrollo. En un contexto global donde el conocimiento define crecientemente el poder, el doctorado deja de ser únicamente un grado académico para convertirse en una herramienta estratégica para el futuro del país.

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